En mi práctica como coach, he notado una tendencia común en muchas de las personas con las que trabajo: la mayoría de las veces, cuando estamos en una conversación, estamos más enfocados en preparar nuestra respuesta que en truly escuchar lo que el otro está diciendo. Esto puede llevar a malentendidos, conflictos y oportunidades perdidas para conectar con los demás de manera más profunda.
Escuchar para responder es aquel enfoque en el que nos centramos en encontrar la respuesta perfecta, en defender nuestro punto de vista o en ofrecer soluciones rápidas. Aunque puede parecer eficiente, este enfoque a menudo nos lleva a pasar por alto detalles importantes y a no considerar completamente el contexto o los sentimientos del otro. Un ejemplo ficticio sería una sesión en la que un cliente, llamémosla Sofía, está hablando sobre sus dificultades para equilibrar el trabajo y la vida personal. Si mi respuesta se centra únicamente en ofrecerle consejos prácticos sin considerar sus emociones y preocupaciones, puedo estar fallando en truly escucharla.
Por otro lado, escuchar para entender implica un compromiso con la empatía y la curiosidad. Se trata de crear un espacio seguro donde la otra persona se sienta verdaderamente oída y comprendida. En el caso de Sofía, escuchar para entender significaría tomar el tiempo para explorar sus sentimientos, miedos y aspiraciones, permitiéndole sentirse vista y validada. Esto no solo fortalece la relación, sino que también abre las puertas a una comprensión más profunda de sus necesidades y desafíos, lo que a su vez puede llevar a soluciones más efectivas y significativas.
La transición de “tengo que” a “quiero” en este contexto significa pasar de sentir la obligación de responder a tener el deseo genuino de entender. Cuando optamos por escuchar para entender, no solo mejoramos nuestras relaciones, sino que también nos permitimos crecer como personas, desarrollando una mayor conciencia emocional y una comprensión más profunda de nosotros mismos y de los demás.